Semana 4: Gobi, el desierto blanco

Después de pasar más de una semana conviviendo con los nómadas de Mongolia, nos adentramos en el Desierto del Gobi para conocer a las familias más aisladas.
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Esta noche dormimos aquí 8 personas y un cordero con 10 días de vida, la familia dice que afuera del ger no soportaría el frío de la noche y moriría. Durante el día el sol golpeó con fuerza pero no logró que la temperatura subiera de menos 30, ahora que las estrellas dominan el cielo el termómetro puede desplomarse hasta 40 bajo cero. Pero si el clima es engañoso el paisaje lo es más: entre estepas de nieve se levantan las dunas naranjas del gigantesco Desierto del Gobi.

Volvíamos de convivir durante más de una semana con una de las familias nómadas más alejadas del valle de Orkhon, habíamos tenido una dosis de autenticidad muy superior a lo esperado y ahora nos faltaba conocer la forma de vida del sur de Mongolia. Esta región es más turística que cualquier otra parte del país y aunque no hay viajes en invierno, los nativos están más acostumbrados al turismo, así que llegamos a la pequeña ciudad de Dalangzagad con la mira puesta más en los paisajes que en las costumbres. En las panorámicas naturales acertaríamos, pero fue un aspecto cultural el que nos regaló las imágenes más espectaculares para nuestro documental.

Nueve horas de autobús nos alejaron de la ruidosa Ulán Bator dibujando trazos grises en una llanura seca con manchas blancas, era la famosa estepa de Mongolia. Durante las primeras horas el vacío se comía todo el espacio, después decenas de cabras salpicaban los arcenes y finalmente las figuras desgarbadas de los camellos ocuparon el horizonte. Olía a desierto, el polvo y las plantas rodadoras lo confirmaban pero la temperatura y los neveros se empeñaban en romper estereotipos, estaba claro que cualquier idea que tuvieramos de lo que es un desierto pronto se desvanecería. Pasamos la primera noche en un ger que de nómada solo tenía el aspecto, pues estaba adjunto a otro donde vivía la familia y el nuestro por tanto no era más que un hostel redondo y barato. Unos 5 euros la noche. Al día siguiente el conductor que habíamos contratado se presentó con una sonrisa y nos pusimos rumbo a la frontera sur del país. Por mucho que el mapa dijera que todo estaba bien, cada vez aparecían montañas más altas y más nevadas y no había rastro de dunas de arena, tanto es así que acabamos tomando un camino que nos condujo hasta el extremo sur de la cordillera de Altai, una cadena montañosa que nace en Kazajistán y pone su última roca al borde del Gobi. Allí Quebrantahuesos cortando el cielo y ríos congelados parecían difuminar por completo el objetivo desertico que teníamos en mente.

Por mucho que nos asombre para alcanzar uno de los lugares más secos del mundo tenemos que pasar por cascadas congeladas y nieves que hielan la cara. Cierto es que con el paso de los kilómetros la pista se volvió llana y los espacios se ampliaron, quedando reducido el coche a una simple hormiga de apariencia vulnerable entre un vacío mortal. ¿Quién te saca de un apuro cuando la vida desapareció por completo?. La estepa se engrandecía pero las elevaciones no aparecieron en forma de duna, sino de camello. En uno de esos pueblos que parecen vivir del aire en medio del camino se agrupaban casi un centenar de camellos con dos jorobas a cuestas y un dorsal, no cesaban de llegar camionetas de varias regiones vecinas cargadas con estos pacientes animales. La aldea de pronto tuvo más visitantes que habitantes permanente, y empezó a palparse en el ambiente la salida de la carrera de camellos más importante del invierno. Todo un espectáculo.

Ningún turista en la zona, ningún medio local cubriendo el evento, y un conductor con ganas de que nos llevásemos unas imágenes excelentes. Esa combinación hizo que el alcalde del pueblo nos permitiera seguir la carrera con el 4x4 para grabar a los animales y jinetes en plena acción. Los primeros momentos fueron la calma que precede a la tempestad. Más de un centenar de bestias, 400 patas destructoras caminaban al unísono sin aumentar el ritmo más de lo necesario, todo, hasta los granos de arena, ahorraba cualquier esfuerzo innecesario durante una procesión casi fúnebre, y así durante 15 kilómetros. Desde el coche teníamos las cámaras preparadas y aguardábamos con impaciencia que sucediera algo, no sudábamos porque de haberlo hecho las gotas se habrían congelado al instante por mucho desierto y mucho camello que nos rodease, pero estabamos con la tensión al límite. La situación era tal porque esta prueba consistía en caminar todos los participantes juntos estepa adentro durante 15 kilómetros y una vez llegados a ese punto, romper en estampida y dar la vuelta hasta la meta, cada vez más llena de nómadas y familias vecinas. Sin previo aviso un grito de un jinete rasga el viento y todos se lanzan al azote de los camellos con una melodía chillada que recordaba a las batallas de Gengis Khan, se levanta una nube de polvo y nos metemos de lleno en la carrera hasta entrar triunfantes en el pueblo entre los vítores de los paisanos que animaban al ganador. Todo lo que diga es poco comparado con las imágenes grabadas.

Como todo en Mongolia es extremo y opuesto, unas horas después reinaba la paz y el silencio en el atardecer más bello que se pueda imaginar. Cuando ya no quedan pueblos, cuando las familias desaparecen, donde el ganado ya no encuentra vida, se levantan las anaranjadas dunas del Desierto del Gobi. No existe un solo lugar en el planeta en el que se puedan contemplar dunas de arena cubieras de nieve, y eso resume el alma de Mongolia.

Llegados a este punto solo podíamos subirnos a la duna más cercana y contemplar el mar de arena con sumisión, más allá de estas crestas desaparece la humanidad, más allá de la infinita mezcla de granitos y copos solo sobreviven algunas especies adaptadas, y todavía más lejos, cuando el mundo parece que empieza a dar la vuelta, estaría China, nuestro siguiente destino. Podríamos haber pasado allí media vida tratando de asumir los insignificantes que somos en un planeta tan basto, pero creerme que el frío no permite más de media hora de barra libre para fotos, videos, y ansias ahogadas. Pronto la barba se congela y la batería de la cámara se pone de huelga, así que lo único que podíamos hacer era volver con nuestros anfitriones y prepararnos para hacer noche abrazados a un cordero que mira con miedo el planto de carne que comemos, y con terror la noche asesina que le habría esperado afuera. ¡Lo que daría por saber qué se le pasa por la cabeza al animal!

El cordero abraza la noche entre carnívoros porque sabe que son más benevolentes que el frío, y los nómadas se aferran a la vida en el borde del Gobi porque saben que más lejos no se puede ir y opinan que nada existe en la ciudad que les resulte atractivo. En cada entrevista responden con seguridad que no hay ninguna dureza ni nada que hechar en falta en sus vidas, y nosotros no podemos más que ver, oir, grabar, y callar, porque no podría hacernoslo entender ni en toda una vida al pie de las arenas blancas más seductoras que nuestros ojos hayan visto. De aquí en adelante nuestro camino consiste en rodear, porque ni somos tan valientes ni tan estúpidos ni tan fuertes como para atravesar. La siguiente marca en el camino apunta a China, pero primero debemos salir del Gobi para llegar al lugar donde muere la autenticidad, pero nacen los trenes y medios de transporte.

¡Sigue el resto de semanas en estos Qubes y compártelos!

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14 Aug, 2020
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about 6 years ago

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